
«Mi fórmula para la grandeza en el hombre es amor fati: no querer que nada sea distinto, ni hacia adelante, ni hacia atrás, ni en toda la eternidad.»
Meine Formel für die Grösse am Menschen ist amor fati.
Friedrich Nietzsche, Ecce homo, «Por qué soy tan inteligente», §10
Un propósito de Año Nuevo
En la obra publicada, la expresión aparece por primera vez al abrirse el libro cuarto de La gaya ciencia, en un aforismo titulado «Para el año nuevo» fechado el 1 de enero de 1882, aunque el volumen no saldría de la imprenta hasta agosto (GC §276). Su autor tiene treinta y siete años y lleva dos años y medio retirado de la cátedra de Basilea por una enfermedad que le nubla la vista y lo postra con crisis de migraña y vómitos: solo en 1879 contabilizó ciento dieciocho días de ataques graves. Lo que escribe es un propósito.
Quiere aprender a ver como belleza lo que hay de necesario en las cosas, y llegar así a ser uno de los que hacen bellas las cosas. «Amor fati: sea ese en adelante mi amor.» De ahí extrae las consecuencias: no hacer la guerra a lo feo, no acusar, no acusar siquiera a los acusadores. Y una aspiración final: llegar a ser algún día «tan solo alguien que dice sí».
Importa el lugar donde nace la fórmula. No llega como conclusión de una teoría; es el propósito personal de un hombre enfermo el primer día de un año. Toda la carga que el concepto adquiere después arrastra ese origen.
La fórmula de la grandeza
Casi siete años más tarde, en el otoño de 1888, recupera la expresión en Ecce homo y le da su enunciado definitivo, el que encabeza estas páginas: amor fati es su fórmula para la grandeza en el hombre (EH, «Por qué soy tan inteligente», §10).
La frase que viene a continuación decide el sentido del conjunto. No basta con soportar lo necesario, escribe, y menos aún con disimularlo —«todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario»—: hay que amarlo.
Quedan así marcados tres grados. Soportar es aguantar aquello que no puede evitarse. Disimular es contarse que lo ocurrido tenía un propósito, que todo pasa por algo, que había una lección escondida; esa es la operación que Nietzsche llama idealismo y considera una forma de mentira. Amar es la tercera posición, y la única que le interesa. En los tres casos los hechos son idénticos: lo que varía es la relación con ellos.
Por qué no es resignación
El malentendido más extendido —el que sostiene hoy casi toda la divulgación sobre el asunto, que traduce la fórmula como una invitación a aceptar lo que no depende de nosotros— convierte el amor fati en una variante de la serenidad estoica. Nietzsche se ocupó expresamente de rechazar esa filiación.
En Más allá del bien y del mal dedica un parágrafo entero a los estoicos y a su «¡vivir según la naturaleza!». La naturaleza, replica, es derroche e indiferencia, carece de intenciones y de miramientos; vivir conforme a ella equivaldría a vivir conforme a esa misma indiferencia. Lo que el estoico hace en realidad es proyectar su propia imagen sobre las cosas y llamarla después naturaleza (MBM §9). La acusación es severa: donde el estoico cree estar aceptando el mundo, Nietzsche ve una tiranía impuesta sobre el mundo.
Tampoco coincide con el fatalismo que él mismo describe con precisión clínica. En Ecce homo llama «fatalismo ruso» a la actitud del soldado que, cuando la campaña se vuelve insoportable, se tumba en la nieve y ya no admite nada más (EH, «Por qué soy tan sabio», §6). Admite que esa reducción del metabolismo puede salvar una vida, y admite haberla practicado durante sus peores años. Se trata de una técnica de supervivencia, y él la distingue con cuidado de la grandeza.
La diferencia con el amor fati es de dirección. La resignación baja la intensidad para que el golpe duela menos. La afirmación nietzscheana no rebaja nada: exige querer el golpe entero, con su fuerza intacta, hasta el extremo de no desear que las cosas hubieran sido de otro modo.
El pasado y la voluntad creadora
Queda la objeción evidente. Querer lo que todavía no ha ocurrido tiene sentido; querer lo que ya ocurrió y es irreversible parece un ejercicio vacío.
Nietzsche la aborda de frente en Así habló Zaratustra, en el discurso «De la redención». La voluntad, dice, puede con todo salvo con una cosa: no puede querer hacia atrás. No logra romper el tiempo ni el apetito del tiempo. Ese es su dolor más solitario, y de él nacen el rencor y el espíritu de venganza contra todo cuanto pasó. Mientras la voluntad no encuentre salida, todo «fue» seguirá siendo un fragmento, un enigma y un espantoso azar. La salida que Zaratustra propone cabe en una frase: hasta que la voluntad creadora diga «pero así lo quise yo» (Z II, «De la redención»).
Nada de esto altera lo ocurrido. El dolor fue real y sigue siéndolo; lo que se desplaza es el lugar desde el que se mira. Quien dice «así lo quise yo» no está corrigiendo su biografía: está dejando de ser víctima de ella.
Ahí se enlaza el amor fati con el pensamiento del eterno retorno. El aforismo del «peso más grande» plantea la escena de un demonio que anuncia que habrá que vivir esta misma vida innumerables veces, sin nada nuevo, cada dolor y cada alegría en idéntico orden. La pregunta que Nietzsche formula no es si eso llegará a ocurrir. Es cómo tendría uno que estar consigo mismo y con la vida para no anhelar nada con más ardor que esa confirmación (GC §341). El eterno retorno funciona como una prueba, y amor fati es el nombre de aprobarla.
Una tensión sin resolver
La dificultad de fondo no está resuelta, y hay que decirlo. Si la grandeza consiste en no querer que nada sea distinto, ¿de dónde sale el impulso de transformar algo? Nietzsche es a la vez el filósofo de la afirmación total y el de la autosuperación, y ambos programas se tensan. Los intérpretes llevan un siglo discutiéndolo: hay quien lee el amor fati como una actitud estética hacia la propia vida entendida como obra —la vía que abrió Alexander Nehamas— y quien sostiene que la tensión es real y no admite síntesis limpia. No existe lectura unánime, y presentarla como si existiera falsearía el estado de la cuestión.
Lo que sí puede afirmarse con seguridad es qué no significa la fórmula. El amor fati no reparte el mundo entre lo que controlamos y lo que se nos escapa, no consuela y no promete que las cosas sucedan por alguna razón. Pide algo bastante más difícil y menos amable: querer la propia vida entera, desastres incluidos, sin descontar nada.
Su autor no llegó a ver discutida ninguna de estas páginas. En enero de 1889 se derrumbó en una calle de Turín y pasó los once años siguientes incapacitado, al cuidado primero de su madre y luego de su hermana; Ecce homo, terminado apenas unas semanas antes del hundimiento, no se publicó hasta 1908. La fórmula con la que había querido resumir su vida entera empezó a circular cuando él ya no podía defenderla de sus lectores.
NOTA SOBRE LAS CITAS
GC = La gaya ciencia (1882; el libro V se añade en 1887), citada por número de aforismo. EH = Ecce homo (redactado en 1888, publicado en 1908), por capítulo y parágrafo. MBM = Más allá del bien y del mal (1886), por parágrafo. Z = Así habló Zaratustra (1883-1885), por parte y título del discurso. Se citan únicamente obras que Nietzsche publicó o dejó preparadas para la imprenta: queda fuera el material póstumo reunido bajo el título La voluntad de poder, compilación editorial que él nunca autorizó y cuyo uso como fuente sigue siendo objeto de reparos.
BIBLIOGRAFÍA
Nietzsche, F., La gaya ciencia (1882).
Nietzsche, F., Así habló Zaratustra (1883-1885).
Nietzsche, F., Más allá del bien y del mal (1886).
Nietzsche, F., Ecce homo (1888; primera edición, 1908).
Nehamas, A., Nietzsche: Life as Literature, Harvard University Press, 1985.
Han-Pile, B., «Nietzsche and Amor Fati», European Journal of Philosophy, 19 (2), 2011.
Safranski, R., Nietzsche. Biografía de su pensamiento (2000).
