
«La costumbre es, pues, la gran guía de la vida humana.»
Custom, then, is the great guide of human life.
David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, V, 1
Dos clases de saber
Hume abre su Investigación con una división que ordena todo lo que viene después. Cuanto puede ser objeto de la razón humana se reparte en dos clases: relaciones de ideas y cuestiones de hecho (Inv. IV, 1).
Las primeras —la geometría, el álgebra, la aritmética— se descubren por la sola operación del pensamiento y son necesarias: que el cuadrado de la hipotenusa equivalga a la suma de los cuadrados de los catetos, o que tres veces cinco sea la mitad de treinta, no puede negarse sin contradicción. Las segundas se establecen por experiencia. Que el sol saldrá mañana no resulta más demostrable que lo contrario: «el sol no saldrá mañana» es una proposición perfectamente inteligible, y afirmarla no implica contradicción alguna.
Toda cuestión de hecho que exceda el testimonio presente de los sentidos y los registros de la memoria descansa, según Hume, en la relación de causa y efecto. Si oigo una voz articulada en la oscuridad me convenzo de que hay alguien; si encuentro un reloj en una isla desierta concluyo que hubo hombres allí. Averiguar qué garantiza esas inferencias equivale, por tanto, a averiguar qué garantiza casi todo nuestro conocimiento del mundo.
Lo que la razón no puede anticipar
La primera tesis es negativa: ningún conocimiento causal se alcanza a priori. Por mucho que examinemos un objeto, jamás descubriremos en él su efecto.
Adán, escribe Hume, aun suponiendo perfectas sus facultades racionales desde el primer instante, no habría podido inferir de la fluidez y la transparencia del agua que esta iba a ahogarlo (Inv. IV, 1). Nadie que viera por primera vez una bola de billar avanzar hacia otra adivinaría el resultado del choque: caben cien desenlaces distintos, y todos son igualmente concebibles. El efecto difiere por completo de la causa, de manera que nunca puede leerse en ella.
Si la razón no lo proporciona, queda la experiencia. Ahí empieza el problema serio.
El círculo de la experiencia
He comprobado muchas veces que el pan alimenta y que el fuego quema. Sobre esa base espero que el próximo pan alimente y que el próximo fuego queme. ¿Qué autoriza el paso?
Hume lo formula con precisión. De «he encontrado que tal objeto ha ido siempre acompañado de tal efecto» se pasa a «preveo que otros objetos semejantes irán acompañados de efectos semejantes», y entre ambas proposiciones media un salto. El salto solo se salva suponiendo que el curso de la naturaleza es uniforme, que el futuro se parecerá al pasado (Inv. IV, 2).
Esa suposición no admite demostración. No es una relación de ideas, porque un cambio en el curso de la naturaleza se concibe sin contradicción. Tampoco cabe fundarla en la experiencia, porque cualquier prueba experimental de que la naturaleza es uniforme se apoya ya en el supuesto de que lo seguirá siendo: se da por probado aquello que se quería probar. El argumento gira en redondo.
Conviene precisar el alcance. Hume no sostiene que la inducción sea falsa ni recomienda abandonarla. Sostiene que no es un procedimiento de la razón, y que quien le exija credenciales racionales no las encontrará. Es lo que la tradición posterior llamó el problema de la inducción.
La conexión que no aparece
Queda por explicar de dónde sale la idea misma de causa. Hume descompone la relación en tres elementos (T 1.3.2): contigüidad —causa y efecto están próximos en el espacio y en el tiempo—, prioridad temporal de la causa, y conexión necesaria entre una y otra.
Los dos primeros se observan. El tercero es el que decide la cuestión: un objeto puede ser contiguo y anterior a otro sin que lo tengamos por su causa, de manera que la contigüidad y la sucesión no bastan y hay que añadir la conexión necesaria (T 1.3.2). Esa conexión es, justamente, la que no se deja ver.
Aquí opera el principio que gobierna toda su epistemología: no hay idea sin una impresión previa de la que se copie (T 1.1.1; Inv. II). Si poseemos la idea de conexión necesaria, ha de existir una impresión que la origine. Hume la busca fuera y no la encuentra: en el choque de las bolas hay un movimiento, un contacto y otro movimiento; nadie percibe además un vínculo. La busca dentro, en la experiencia de mover el propio brazo por un acto de voluntad, y tampoco aparece: sentimos el querer y observamos el movimiento, mientras que el modo en que el uno produce el otro nos resulta tan opaco como el choque de las bolas (Inv. VII, 1). Ignoramos incluso qué músculos intervienen.
La costumbre y las dos definiciones
La impresión existe, y está en otra parte. Surge únicamente después de que una serie de casos semejantes se haya repetido, y no se localiza en los objetos: es la transición habitual que la imaginación efectúa, ya sin resistencia, de un objeto a su acompañante acostumbrado (Inv. VII, 2; T 1.3.14).
Lo que llamamos necesidad es esa determinación sentida de la mente. Reside en quien observa, no en lo observado. Nada ha cambiado en las bolas de billar tras el centésimo choque; ha cambiado el espectador, que ya no puede ver la primera sin esperar la segunda. «La costumbre es la gran guía de la vida humana» (Inv. V, 1): sin ella seríamos incapaces de ajustar medios a fines y quedaríamos inermes ante cuanto excediera lo inmediatamente presente.
De ahí las dos definiciones de causa que Hume ofrece en paralelo. Una es objetiva: un objeto seguido de otro, tal que todos los objetos semejantes al primero van seguidos de objetos semejantes al segundo. La otra es psicológica: un objeto seguido de otro cuya aparición conduce siempre el pensamiento hacia aquel (Inv. VII, 2). Que ambas se presenten como definiciones de una misma cosa constituye uno de los puntos más discutidos de su teoría.
Qué queda en pie
Sería un error leer todo esto como una invitación a desconfiar de las causas. Hume distingue el escepticismo excesivo, que se refuta solo porque nadie logra vivirlo, del escepticismo mitigado que él defiende: una modestia acerca del alcance de nuestras facultades, compatible con el uso ordinario del entendimiento y con la ciencia (Inv. XII, 3).
La creencia en las causas no necesita defensa racional porque no descansa en la razón. Pertenece, escribe, más a la parte sensitiva que a la cogitativa de nuestra naturaleza (T 1.4.1). La naturaleza no dejó un asunto de tanta importancia a merced de nuestros razonamientos: lo confió a un instinto. De ahí que la duda escéptica, irresistible mientras dura el trabajo del gabinete, se disuelva en cuanto el filósofo cena, juega una partida de backgammon y conversa con sus amigos (T 1.4.7).
El Tratado de la naturaleza humana apareció entre 1739 y 1740 y, según escribiría su autor al final de su vida, «cayó muerto de las prensas» (Mi vida, 1776). La Investigación sobre el entendimiento humano, de 1748, reformuló el argumento con una claridad que sí encontró lectores. Uno de ellos fue Kant, que reconoció en los Prolegómenos (1783) haber sido despertado por Hume de su sueño dogmático, y dedicó la Segunda Analogía de la Crítica de la razón pura a responderle: la causalidad no se extrae de la experiencia porque es una condición previa de que haya experiencia. Satisfactoria o no, la respuesta no cerró la pregunta. Russell, Popper y Goodman siguieron discutiéndola en el siglo XX, y las teorías contemporáneas de la causalidad continúan midiéndose con la primera de las dos definiciones humeanas.
El problema que Hume planteó era, en el fondo, elemental: qué justifica exactamente aquello que damos por descontado. Quien se lo plantea en serio rara vez encuentra la respuesta que esperaba.
NOTA SOBRE LAS CITAS
T = Tratado de la naturaleza humana, citado por libro, parte y sección (T 1.3.14 remite al libro I, parte III, sección 14). Inv. = Investigación sobre el entendimiento humano, citada por sección y parte (Inv. VII, 2 remite a la sección VII, parte 2).
BIBLIOGRAFÍA
Hume, D., Tratado de la naturaleza humana (1739-1740), Madrid, Tecnos.
Hume, D., Investigación sobre el entendimiento humano (1748), Madrid, Alianza Editorial.
Hume, D., Mi vida (1776).
Kant, I., Prolegómenos a toda metafísica futura que pueda presentarse como ciencia (1783).
Stroud, B., Hume, Londres, Routledge, 1977.
Garrett, D., Cognition and Commitment in Hume’s Philosophy, Oxford University Press, 1997.
Millican, P. (ed.), Reading Hume on Human Understanding, Oxford University Press, 2002.
